Hoy tuve una horrible pesadilla.
Un prado se extendía muy lejano lleno de flores y hierba suave. Mi piel rozaba las puntas de la hierba y me estremecía con el contacto. Una nube vaporosa me inundaba la nariz, era una olor dulzona y atrayente que me llevaba a un clímax inesperado. Había allí un porche, lindo y victoriano, con sus sillitas de jardín, sus mesas del té y su balancín de madera. Me sentaba en el balancín con un té en la mano y en mi cabeza resonaba una y otra vez mientras miraba la azucarera que estaba sobre la mesa: ¿Con o sin azúcar?
Iba oscureciendo, entraba en la casa y veía una pequeña y acogedora habitación de madera con una mesa llena a rebosar de comida. Me sentaba en una silla y miraba atentamente que había en los platos: sopa, ensalada, praliné de chocolate, mousse de limón, champán, muslos de cangrejo, tomates, embutidos, caviar, carne, pescado, filetes de ternera, puré, y más. Lentamente mi mirada se paseaba sobre cada alimento, y mientras pensaba cuantas calorías tenía cada uno de ellos. Infinidades de ellas. Mi mano se acercaba hacia la mousse de limón pero se paraba automáticamente y se dirigia hacia un tomate. Acariciaba su suave tacto y de nuevo llegaba a la mousse y la cogía entera. Mis labios secos acariciaban la rugosa superfície de la mousse y sus trozos se aglopaban en mi garganta. Todo el esfuerzo se iba a la nada. Todo se deshacía en pedazos.
Un bocado, luego otro, y más aún.
Un trozo de algo se me atascaba en la garganta. Todo se volvía lentamente negro y difuso. Nada estaba claro. Ya no veía la mesa, solo veía luces que corrían por mi mente. Azul, rosa, violeta, negro... Una escena aparecía en mi mente. Unas manos rebuscando en la nevera en altas horas de la noche. Una tarde sentada en el lavabo llorando por el dolor y la tristeza de recurrir a tan fatídicos métodos. Noches de llanto por el corazón roto de una pequeña no-aún-perfecta-princesa. La terrible sensación de las arcadas y el oído afinado para detectar cualquier indicio de movimiento fuera de lavabo.
Mi visión se hacía más nítida: una calle de película, con paredes de piedra rocosa, todo de color azul. Seis personas en la calle, una de ellas en el suelo. No respiraba, no se movía. Al acercarme sus caras me eran desconocidas. Una chica con cara pálida y amarga se enjugaba las lágrimas con un pañuelo de encaje blanco y negro como todo su vestido. Unas campanas repiqueteaban de fondo. Tres hombres de negro miraban al suelo distraídamente. Un hombre, apoyado sobre su rodilla derecha, mantenía su mano en el cuello de la mujer vestida con un traje de encaje negro y rojo y con una melena pomposamente oscura como el azabache alquitranado. Sus voces murmuraban cosas sin sentido: <
Esa cara nunca se me olbidará. Fue tan trágico verme a mí misma muerta en una calle... todos decían que era mi culpa, que ellos no tenían nada que ver. Aún siento ese trozo de ahogo en mi cuello y por las noches compruebo que puedo respirar bien.
Vivir asustada no es ninguna meta.
¡No intenten entrar en un mundo en ocasiones sin salida!